El Calvario Detrás del Púlpito, la humanidad del pastor: Una mirada ante La Tragedia de Ryan L. Stollar, su suicido
- rsoto0129
- 1 jul
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La reciente partida de Ryan L. Stollar (1984–2026), un brillante escritor, teólogo y defensor de sobrevivientes de abuso que decidió terminar con su vida a los 42 años tras una larga batalla silenciosa contra la depresión, el trastorno bipolar y la ansiedad, ha vuelto a sacudir los cimientos de la comunidad de fe. Sin embargo, más allá de la noticia, este hecho destapa una herida abierta, sangrante y profundamente ignorada dentro de nuestras iglesias: la salud mental y el desgaste emocional de quienes lideran.
Ante tragedias de este calibre, las redes sociales y los pasillos de las congregaciones se convierten rápidamente en tribunales improvisados. Se disparan debates doctrinales, titulares sensacionalistas y cuestionamientos despiadados. Hay quienes, con una ligereza alarmante, se atreven a emitir veredictos eternos sobre si la persona se salvó o se condenó.
Frente a esa soberbia teológica, debemos ser tajantes: nosotros no somos la puerta, ni el camino, ni la verdad. Ningún ser humano posee la atribución ni la autoridad divina para juzgar el destino eterno de otra alma.
El juicio definitivo le pertenece únicamente a Aquel que escudriña los corazones más allá de nuestras quiebras humanas (1 Samuel 16:7). Reducir una vida de servicio, sufrimiento y lucha interna a una última decisión de desesperación es una injusticia teológica y una alarmante falta de misericordia.
Lo que este doloroso acontecimiento sí nos deja —y que no podemos seguir barriendo debajo de la alfombra— es la inmensa carga, el calvario y las batallas invisibles que soportan los que sirven a Dios.
El dolor no distingue plataformas
Este mal de la depresión, la angustia existencial y la desesperación no discrimina. No le importa la escala del ministerio ni el número de asistentes.
Se esconde en los camerinos de los pastores de iglesias llamadas "exitosas", de gran proyección nacional e internacional, asediados por la presión del rendimiento, la fama y la tiranía del algoritmo de las redes sociales.
Pero también se aloja en la soledad de los pastores de iglesias comunitarias y pequeñas, aquellos que trabajan en la absoluta invisibilidad de las cámaras, lidiando con la escasez de recursos y el olvido institucional.
La doble vida o la máscara de "estar siempre bien" no es un deseo de hipocresía; a menudo es un mecanismo de supervivencia en un sistema eclesiástico que castiga la vulnerabilidad. Las víctimas de la salud mental no se dividen entre pastores influencers o pastores anónimos; ambos sangran de la misma manera bajo el peso de una demanda asfixiante.
El modelo antibíblico del "Pastor Multiusos"
Esta tragedia nos obliga a mirarnos al espejo como iglesia y hacernos preguntas incómodas: ¿Qué estamos haciendo las congregaciones y las denominaciones para cuidar a quienes nos cuidan?
Hemos construido un modelo pastoral que es absolutamente antibíblico, pero que se ha normalizado de forma preocupante. La congregación exige y demanda de su pastor una lista interminable de roles:
Tiene que ser el psicólogo de cabecera.
El prestamista en momentos de crisis financiera.
El chofer de Uber o taxi disponible a las tres de la mañana.
El médico o paramédico espiritual.
El terapeuta familiar.
El administrador impecable, el estratega de marketing y el orador perfecto de cada domingo.
Se nos olvida que, detrás de ese hombre o mujer que sostiene la Biblia en el púlpito, hay un ser humano 100% de carne y hueso, propenso al cansancio, al dolor físico, a la desilusión y al colapso mental. La iglesia demanda un superhéroe, pero Dios en su Palabra diseñó un cuerpo donde las cargas se comparten, no donde se depositan sobre la espalda de un solo individuo.
La urgente necesidad de espacios de confianza íntima
Si el pastor está sufriendo, ¿por qué no habla? La respuesta es tan dolorosa como real: porque no encuentra escenarios de confianza íntima donde abrirse. En la mayoría de los círculos eclesiásticos, el dolor de un pastor se interpreta rápidamente como "falta de fe", "falta de oración" o "debilidad espiritual". Confesar una crisis de ansiedad o una depresión profunda puede costarles el ministerio, el sustento de sus familias, su reputación y la pérdida de sus comunidades. Se les enseña a sanar a otros, pero se les prohíbe enfermarse.
Necesitamos con urgencia reformar nuestras comunidades para que las denominaciones y organizaciones provean espacios seguros, confidenciales e interdisciplinarios (donde la fe y la psicología profesional caminen de la mano, no como enemigas) para que los ministros puedan despojarse de la armadura sin temor a ser juzgados o destituidos.
Un llamado a la misericordia
La verdadera madurez de una iglesia no se mide por la rigidez de su teología sistemática, sino por la profundidad de su compasión práctica. El lenguaje del dolor extremo a veces se traduce en lamentos que no comprendemos, tal como les sucedió a Job, a Jeremías o a David en sus noches más oscuras.
Que la historia de Ryan L. Stollar no sirva para alimentar el morbo ni la especulación doctrinal de quienes se creen jueces del cielo. Que sea, en cambio, una alarma ensordecedora que despierte nuestra empatía y nos lleve a cumplir activamente el mandato de Gálatas 6:2:
«Llevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo.»
Cuidemos a nuestros pastores. Recordemos que antes de ser líderes, son nuestros hermanos, y que la gracia de Dios es siempre más grande y profunda que cualquiera de nuestras tormentas humanas.


Excelente artículo. Gracias por compartirlo. Estoy 100% de acuerdo.
Te felicito, eres grande para Dios
Y para los que les buscamos en espíritu y en vedad